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| La desocupación ronda el 25% y dos de cada tres jóvenes no ven futuro en el país. Irse parece una solución esperanzada pero desgarradora.
Diego Melamed sigue un recorrido que hoy es común a muchos: desde la sensación de impotencia hasta la primera fantasía de viaje, luego las consultas y "el papelerío", hasta el aterrizaje auténtico en otro país. ¿Cómo están viviendo ahora quienes se fueron? ¿Y cuáles son realmente las posibilidades que hay "afuera"?
Entrevistando a argentinos que viven en Miami, en Madrid, en Sydney, en Toronto y también a aquellos que decidieron quedarse aquí, y a |
quienes regresaron tras probar suerte afuera, arma un rompecabezas que busca explicar este fenómeno nuevo y desesperado. Hugo Maradona, Omar Romay, Charly Alberti, Andrés Oppenheimer son sólo algunos testimonios, a los que se suman los desconocidos, los de madres que quieren criar a sus hijos en otro país o de los que conciben que la única manera de volver a trabajar a los cincuenta años es fuera de la Argentina.
Desde aquel que jura no volver jamás hasta el otro que regresó a pesar del éxito porque "no era feliz", la situación se presenta como compleja y sin respuestas fáciles.
El autor refleja la opinión de políticos, sociólogos, intelectuales de toda índole, y corona su trabajo con un viaje personal a Miami, para revelar cómo se vive este "exilio económico".
¿Hacia dónde va la Argentina? es una pregunta conocida.
Este ensayo, actual e importante como pocos, encara la respuesta comenzando con un aspecto muy puntual y concreto: ¿hacia dónde van los argentinos?
Según Melamed tras el voto castigo y el voto bronca, ahora aparece el "voto valija".
Su libro es una guía insoslayable tanto para la persona con ganas de irse como para aquel lector deseoso de echar luz sobre el presente de un país y sus habitantes. | | | La inmigración es siempre un proceso traumático. No importa si se realiza en condiciones de opulencia o indigencia, si es motivada por razones políticas o si se trata de un recurso extremo y desesperado para salvar la vida, hay algo esencialmente desgarrador en la decisión de abandonar lo propio, lo familiar, lo conocido, para radicarse en una realidad ajena.
Nadie emigra por placer. Si bien en el acto de partir con el propósito de empezar de nuevo hay implícita una esperanza, la nueva realidad raramente satisface. Todo resulta raro, foráneo, hostil. Los lugares no tienen resonancia, la gente parece distante, las costumbres resultan extrañas y uno se encuentra un buen día evocando melancólicamente lo que dejó atrás sin recordar las razones que lo impulsaron a irse.
El primer gran síntoma es la indiferencia. Como no existe una historia común con ese nuevo mundo, nada de lo que le sucede importa. Por optimista que se sea, es difícil sustraerse a la apatía que empuja a establecer una relación meramente utilitaria con el país adoptivo. Por necesidad, uno se junta con los que se parecen a uno y pasa de la normalidad al ghetto, de la mayoría a la minoría.
La primera gran emigración argentina fue esencialmente política y se produjo durante los años de la dictadura militar que gobernó el país entre 1976 y 1983. Con el retorno de la democracia, muchos de los emigrados regresaron para encontrarse con una realidad que volvía a decepcionarlos.
La segunda gran emigración argentina está sucediendo en estos días y su causa es esencialmente económica. Como Diego Melamed lo describe con tanta penetración como crudeza, argentinos de todas las edades se ven obligados a marcharse ante la imposibilidad de ganar lo suficiente y vislumbrar un futuro para ellos o para sus hijos en su propio país.
En su traumatismo, la inmigración es capaz de revelarnos recursos insospechados. Muchos se asombran de que aquellos que emigran estén dispuestos a hacer afuera aquello que jamás se hubieran atrevido a hacer en sus países. Generalmente ilegales, los nuevos inmigrantes aceptan trabajar horarios desmesurados por una paga de menoscabo en tareas que por lo común están por debajo de su capacidad.
Muchos reflexionan que si en lugar de irse la gente pusiera esa misma resolución, esa misma disposición y esa misma voluntad de aceptar cualquier cosa a cualquier precio, el país saldría adelante. Pero esto es una falacia.
La inmigración implica habitualmente anonimato, lo cual libera de la necesidad de aparentar posición, estatus o pertenencia a un determinado nivel social. El inmigrante se ha trasplantado con el objeto de sobrevivir, pero también de progresar económicamente, y por un tiempo aceptará pagar el precio que esto demanda.
Al hacerlo sabe o confía en que al final del camino hay una luz de esperanza o que, por lo menos, sus hijos tendrán la oportunidad que a ellos les fue negada.
Ésta es la fuerza secreta de la inmigración y ésta es la clave de su éxito.
Los argentinos tuvimos ese ejemplo en nuestros padres y abuelos. Ahora, dolorosamente, muchos están ensayando ese mismo camino pero en la ruta inversa.
Por Mario Diament Miami, septiembre de 2001
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